En algunas obras de Degas
o Toulouse-Lautrec, el aspecto que nos da la clave de
su modernidad es la luz eléctrica. El espacio de la obra se
encuentra bañado por la luz artificial, sus personajes
viven la noche como una continuación natural del día. Veinte
o treinta años más tarde, artistas como Balla o Maiakovsky
conducen esta fascinación por la luz eléctrica a un punto exasperado:
el día, la actividad creativa, no tiene fin, la electricidad
ilumina la noche de los poetas y la convierte en permanente
vigilia. La naturaleza ha sido domesticada también en su cadencia
de luz/oscuridad, trabajo/descanso. Las fronteras geográficas
habían sido derribadas por aventureros, misioneros y colonizadores,
la frontera de la noche pertenece a los poetas, a los artistas
insomnes, a los aventureros de la luz eléctrica. Las bombillas
están encima de sus cabezas, en el cabaret, en la calle, en
los interiores. En la mayoría de los casos no aparecen en la
escena, pero son ellas las que hacen posible que contemplemos
el espectáculo de la noche vencida.

A pesar de que fue en
el iluminado siglo XVIII cuando se definió la luz en su sentido
moderno de transparencia y democracia, los postulados promovidos
por la Enciclopedia Francesa tendrían que esperar
casi un siglo para realizarse en la práctica, para conseguir
que la energía eléctrica se convirtiera en vibración luminosa
en el interior de una campana de cristal en la que se ha realizado
el vacío.

La bombilla incandescente,
inventada por Edison en 1878, el momento en que los impresionistas
irrumpieron en la escena francesa, será la encargada de iluminar
los nuevos espectáculos de la vanguardia, los cenáculos nocturnos
de las serate futuristas en Nápoles, Roma o Milán, del
Cabaret Voltaire en Zurich o las soirées de los dadaístas
parisinos. Desde entonces, la historia del arte de nuestro siglo
se encuentra indisolublemente ligada a la luz de las bombillas,
metáfora de una actividad ininterrumpida y vibrante:
desde la aparición de la fotografía, una forma de dibujo hecha
con luz, hasta los motivos nocturnos de Degas o Boccioni,
una buena parte del imaginario moderno se centra en esa metáfora
convulsa que es la bombilla eléctrica, misterioso objeto suspendido
del techo que palpita de corriente alterna 50 veces por segundo.

ARTE
Los nuevos artefactos son fascinantes, irresistiblemente modernos.
Francis Picabia las coloca en una portada de 391,
una revista portátil que utilizaba como indicio de su paso por
diferentes ciudades. La bombilla eléctrica aparece como un símbolo
de la supremacía de América, de modernidad, progreso y libertad
sexual. Marcel Duchamp la hace aparecer, por ausencia,
en Étant Donées, como anacrónica luz de gas, para iluminar
el sexo de la casada. Y también a través de un decreto de exclusión:
"LA ELECTRICIDAD EN SENTIDO AMPLIO. Única utilización posible
de la electricidad en las artes".
Moholy-Nagy, Kandinsky
o Hirschfeld-Mack, por el contrario, la emplearon en
"sentido estricto", a favor de la "corriente legítima de la
historia", en proyecciones de luz coloreada como sustituto del
objeto cuadro, intentando dramatizarla, darle una dimensión
temporal, unirla a la música, como componente inevitable de
la Gesamtkunstwerk wagneriana. Ya en los años 60, Dan
Flavin redescubre sus posibilidades místicas o contemplativas.
Christian Boltanski, su carácter nostálgico y
evocador. Pero la historia había comenzado antes, en los inicios
de la vanguardia.

Marinetti, fundador
del futurismo y devoto confeso de una modernolatría sin
límite, escribe en un manifiesto titulado La nuova religione-morale
de la velocità, sobre los lugares en los que se asienta
el nuevo ídolo :"Lugares habitados por la divinidad:
[...] Los motores de explosión y los neumáticos de un automóvil
son divinos. Las bicicletas y las motocicletas son divinas.
La gasolina es divina. Éxtasis religioso que inspiran cien caballos
de vapor. Felicidad de pasar de la 3ª a la 4ª velocidad. Felicidad
de pisar el acelerador, pedal rugiente de musical velocidad.
Asco que dan las personas seducidas por el sueño. La repugnancia
que siento cuando me acuesto a la noche. Rezo todas las noches
a mi bombilla eléctrica, ya que hay una velocidad agitándose
furiosamente en su interior".
La benzina é divina,
escribe Marinetti en 1916, en el momento de máximo auge
de la ingenuidad moderna. La operación metafórica se refiere
a la religión, a la divinidad. La idea de progreso, ensalzada
hasta lo máximo, sólo admitiría metáforas poderosas.
" La Sublime Electricidad, única y divina madre de la Humanidad
futura, la Electricidad, de brillante torso de oro vivo, la
Electricidad de mil brazos fulgurantes y violetas". Dos años
después, el futurista ruso Briusov, escribió uno de los
alegatos más intensos a favor de la gasolina y la electricidad:
"Todos los lejanos sueños se han realizado —escribe al año siguiente
de la toma del poder por los bolcheviques— El espíritu vencedor
recorre centenares de millas. Escribo estas líneas gracias a
la electricidad mientras en la puerta ruge mi automóvil". En
1958 Gregory Corso redactó un largo poema titulado
Gasolina en el que planea hacer un repaso de algunos argumentos
no poéticos de nuestra civilización. La electricidad, la luz,
como "sol nocturno", o "luna omnipotente", esa bombilla que
aparece iluminando la tragedia del Guernica de Picasso,
acompaña a los espíritus en la oscura travesía de la Medianoche
en el Siglo, el título estremecedor que el poeta y activista
Victor Serge puso a uno de sus textos más importantes.
CIUDAD
Caminar es una acción ligada al trabajo, mientras que pasear
es una actividad moderna, relacionada con la ciudad industrial,
con el ocio y la higiene. Desde mediados del siglo xix, la ciudad
propicia esta nueva forma de consumir el tejido urbano. La figura
del flâneur, el paseante despreocupado y sin destino
fijo que se alimenta del espectáculo de la ciudad y de sus habitantes,
constituye ese nuevo paradigma urbano surgido al calor de dos
fenómenos contemporáneos: el boulevard, una ancha arteria,
recta, llana y generalmente arbolada, y el escaparate,
uno de los grandes descubrimientos del comercio moderno que
consiste en hacer transparente —virtualmente invisible— la pared
frontal de las tiendas, dejando las mercancías al alcance visual
del paseante y haciendo del paseo una permanente atracción hacia
la compra.

Desde final de siglo XIX
la iluminación eléctrica aumenta el horario de seducción de
las mercancías, lleva la luz al centro de la noche, alargando
las horas, construyendo rápidamente ese mito del día eterno,
de actividad ininterrumpida que late en el corazón de la metrópolis
moderna. En el escaparate, los objetos se exponen a la mirada
de los paseantes y casi al alcance de su mano. Durante la noche,
como seductoras cajas de luz, su efecto es hipnótico: ofrecen,
en plena calle, el efecto de intimidad de un interior y con
ello marcan la pulsión de compra. Para aumentar este efecto
de anulación de la conciencia, la luz parpadeante de neón, desde
los años veinte, imitando la cadencia del péndulo del hipnotizador,
se incorpora no sólo como iluminación de los objetos en venta,
sino como reclamo del negocio. Es un ejemplo de los primeros
avances en la ingeniería de la seducción. Ya Walter Benjamin
había señalado que la luz eléctrica transforma la calle en un
interior, "en el que se concentra la fantasmagoría del paseante".
Pero el paseo burgués
tiene también su cara oculta, la deriva surrealista que posteriormente
adoptarán los situacionistas, un recorrido urbano de alta intensidad
poética y transgresora. Michel Leiris proponía
una inversión de la ciudad a través de la luz y reclamaba "la
iluminación sistemática de los lugares escondidos y el oscurecimiento
de otros lugares, el paseo permanente por las zonas prohibidas",
mientras André Breton, que reconoce y promueve la existencia
de lugares mediúmnicos, hablaba de los "observatorios del cielo
interior".

Por otra parte, las bombillas
eléctricas crearon, en la ciudad de comienzos de nuestro siglo,
otros recorridos y otros lugares pintorescos, que los medios
modernos se apresuran a representar: la foto reportaje, el cine
negro y la moda. Las esquinas de la ciudad, la parte escondida.
El flash, tan empleado en estos medios como forma de
acabar con las sombras, iluminando hasta el último rincón, no
es más que un extremo dramático de la bombilla: máxima intensidad
durante mínimo tiempo. El neón es la evidencia de que la luz
puede hacerse dibujo y tipografía en la ciudad; "dibujo de nuestras
noches", como escribió Jack Kerouak. El fluorescente
tiene relación con el ready made, con la idea de "luz ya preparada",
ese artificio místico y materialista que Dan Flavin
"encontró" en su estudio el 25 de mayo de 1963 colocada en posición
vertical, y a la que se refirió como "diagonal del éxtasis personal".
Después de esta iluminación , idea que podemos emplear
sin reparos, ya que el descubrimiento del tubo fluorescente
fue para Dan Flavin una experiencia religiosa
de tipo contemplativo, el artista dedicó el resto de su vida
a propagar la buena nueva de la luz. Su confianza en la tecnología
es tal que incluso llegaría a salvarle de la necesidad de hacer
arte "He conseguido abandonar toda preocupación por el trabajo
en arte. La tarea ha terminado para mí. Ahora es el turno de
los electricistas y de los ingenieros". Tampoco está demasiado
alejado del optimismo tecnolátrico que en estos momentos inundaba
a Nam June Paik: "Llegará el día en que
los artistas trabajarán con condensadores, resistencias, semiconductores,
de la misma forma que ahora trabajan con pinceles, violines
o cualquier otra cosa". También con materiales tan "primitivos"
como la bombilla eléctrica, que en casos como Félix González
Torres dejan de lado esa componente de la luz como iluminadora
de los espacios de producción para centrarla en un goce que
es ya necesariamente melancólico.

CRISTO
Y EDISON
Las "épocas oscuras" anteriores a la luz de la Razón ilustrada
fueron también silenciosas. La oscuridad teocrática en la que
los asuntos se veían sólo "a la luz de las escrituras" , la
única luz, iba acompañada de un silencio general que se sobreponía
al tenue mulmullo de la naturaleza. La Ilustración no sólo abrió
el camino de la luz, del día permanente, sino que paralelamente
produjo la mecanización de todas las actividades humanas y con
ello la realidad se hizo ruidosa: máquinas, tanvías, sirenas...
la propia aglomeración humana en la ciudad se convirtió, frente
a la dispersión del habitat agrario, en una fuente sonora. La
multitud se escucha a sí misma. Luz y sonido: la metrópoli activa
los sentidos.

Cuando probó la primera
aplicación de su patente en la iluminación urbana se convirtió
en el primer explorador de la noche, un colonizador que abría
nuevos espacios al beneficio capitalista. La alternancia trabajo/ocio/sueño
quedaría corregida por un contundente 24 h sobre 24.
Colonización del tiempo convertido en oro, en brillo de monedas.
Un siglo después, la sociedad post-industrial, acosada por sus
contradicciones, ha acuñado el término "contaminación luminosa",
es decir, la luz que no permite ver, que no muestra nada: ruido
en el canal, como hubiera diagnosticado Claude Shannon.
Contaminación luminosa,
exceso de luz, superpoblación de bombillas. La acumulación de
luz parásita en torno a las ciudades impide observar convenientemente
la bóveda celeste, la luz primigenia de las estrellas. Paradojas
modernas, insubordinaciones de la Ilustración: la modernidad
se construyó como un mecanismo lúcido, penetrante, contra las
sombras de la ignorancia y la superstición, y ha acabado sumida
en una clarividencia patológica, literalmente deslumbrada.
NOCHE
La bombilla eléctrica crea fantasmas en las autopistas iluminadas,
en el cine negro, en las oficinas que trabajan por la noche,
en los bares nocturnos, en las farmacias de guardia, en los
espacios subterráneos permanentemente iluminados, en las refinerías
de petróleo y en otros muchos lugares en los que un foco de
luz lateral fabrica fantasmas, seres de
actividad desplazada, contra natura, artificiales, sombras.
El sol del Antiguo Régimen, desde su omnipotente lejanía celeste,
bañaba indistintamente los campos y las ciudades de la esclavitud.
La bombilla eléctrica, por el contrario, es de uso urbano y,
por lo tanto, naturalmente democrática.

Su variante moderna es
el piloto, generalmente verde, que indica actividad,
aunque sea latente, en cualquier aparato electrodoméstico, como
un hilo de vida que permanece aún en el cuerpo eléctrico y también
como una invitación al usuario. Las televisiones en realidad
siempre están encendidos, como el fuego del hogar en las culturas
primitivas que identificaban al grupo y simbolizaban su vitalidad.
La bombilla, evolucionada como "tubo" de TV, constituye una
forma moderna de objeto brillante que reúne al
grupo a su alrededor.
Este hecho comunitario
en torno a la televisión reproduce ritos antiguos con un significado
semejante. En las primeras culturas sedentarias el "fuego permanente"
era uno de los elementos clave de aglutinación para el grupo.
En el mundo clásico —pre-eléctrico, pero en realidad atómico—
el fuego permanente continúa iluminando las noches, en templos
custodiados por órdenes religiosas, para alejar a las mentes
del terror a la oscuridad, para conseguir que la comunidad durmiera
sin la pesadilla de precipitarse en el vacío de la oscuridad
total. Cuando el mundo clásico se derrumbó, cuando se apagó
el fuego de la organización urbana, llegaron precisamente
los "siglos oscuros" de la Alta edad media, de monasterios y
guerras familiares, y el fuego del hogar iluminaba solamente
las penurias de la subsistencia.

Si el fuego eterno de
los primitivos tenía, además de sus orígenes puramente utilitarios,
un contenido trascendente, también en la ciudad de finales del
XIX, iluminada por el fuego permanente de la bombilla eléctrica,
ésta adquiere un contenido central en la cultura moderna, en
torno a la idea de "actividad ininterrumpida", la utopía de
la "ciudad que nunca duerme" que comparten el bohemio y el empresario,
y también — sobre todo— en torno a su dimensión económica de
consumo de mercancías y de ocio.

Junto a buzones, bancos
y, más tarde, papeleras, las farolas se convirtieron a finales
de siglo en uno de los elementos definidores del llamado "mobiliario
urbano". Su luz es coercitiva en los parques mal iluminados,
motivo de codicia de los vecinos que luchan contra la oscuridad
de su barrio, argumento de polémica entre los partidarios del
estilo antiguo y los que prefieren el diseño moderno... La farola,
como antes el riachuelo o el sendero en el bosque, la cascada
o el peñasco, se convirtió en un motivo del paisajismo urbano,
en forma de cuadros, fotografías o películas. Hasta la "llegada"
de la bombilla eléctrica, el Nocturno era una pieza musical,
especialmente ensoñadora, relacionada con el recogimiento y
los sonidos acolchados del piano. La bombilla eléctrica llevó
el motivo del Nocturno al bullicio público de los boulevards,
al estruendo de las fábricas, una muchedumbre abigarrada que
lucha contra el sueño como forma de muerte prematura. Si el
Nocturno de Chopin se entrega a la melancolía,
en las noches iluminadas de los boulevards comienzan a establecerse
las bases del actual comercio del ocio. El nocturno romántico
del piano de Chopin corresponde exactamente a lo que
Marinetti llamó obsesivamente chiaro di
luna, la quintaesencia del pasatismo. De hecho
la luna fue, más que el propio sol —el astro Rey— la referencia
más empleada por los primeros comentaristas del efecto de las
bombillas eléctricas sobre las calles de la ciudad moderna.
"Luna omnipotente" llama Nerval a la bombilla eléctrica,
en París, en un arrebato de admiración seguramente no descaminado.
El asunto cobra importancia para los artistas desde comienzos
de siglo. Se ha transformado el paisaje, en este caso de la
ciudad. Pero las bombillas eléctricas, después de las primeras
osadías vanguardistas de Giacomo Balla, Francis
Picabia o Hannah Hoech, acabaron cristalizando
en su chiaro di luna, su forma de representación naturalista
como cuadros de Edward Hopper, fotografías de
Robert Doisneau o películas de John Ford.
Medianoche en el siglo de Víctor Serge, quizás
sólo sea un punto intermedio de la iluminación que nos acecha,
de la luz que aún viviremos, siempre eléctrica.
